Fracturas en el poder: Una lección shakespeareana

Las cosas en la próxima elección presidencial de México están que arden. Es una situación que no es nueva para nosotros, porque ya hemos vivido una situación parecida las dos elecciones pasadas: una sociedad polarizada, viejos fantasmas, personajes nuevos y personajes que se repiten, filias, fobias, encarnizamiento y/o absolución mediáticos, pero con el añadido de que en esta ocasión el hartazgo social es muy superior al de las ocasiones pasadas, debido a una obvia suma de agravios, así como al recrudecimiento de la desintegración social y política. Sobre todo este escenario no quiero abundar, ya que son cosas demasiado sabidas y discutidas por casi todos en este país en este momento. Más bien quisiera reflexionar sobre un punto en concreto de todo esto, un caso muy actual y muy acalorado, pero sobre todo, ciertamente confuso: el reciente encarnizamiento del brazo judicial del poder en turno contra uno de los candidatos, uno que -ese es el verdadero debate- se ostenta recientemente como oposición, como una especie de “nueva” piedra en el zapato para fuerzas a las que hace solo unos cuantos meses servía de legitimador y adulador, acusado de lavado de dinero y enriquecimiento ilícito -corrupción-, un caso que está en boca de todos y que ha generado muchas reflexiones desde todos los ángulos.

 

Antes de ese momento en el que el Estado, la Presidencia, “el régimen” metiera las manos -ostensiblemente- en la elección (porque no es que no las tuviera metidas desde antes), el panorama era, por un lado, una dupla de candidatos alineados al poder en turno: obvios correligionarios ideológicos a pesar de pertenecer a partidos diversos, quienes antes de que arrancara la elección nadie se hubiera atrevido a argumentar que no se encontraban del mismo lado (el alto funcionario del presidente y el dirigente del partido de “oposición” al que como dijeron por ahí, “se le hincharon las manos de tanto aplaudir” las medidas tomadas por el presidente), y que tan pronto arrancó la contienda, se “divorciaron” y se les vio intercambiar acusaciones y señalamientos, y por otro lado, el ya famoso antagonista de ambos, el candidato que representa el anhelo popular de un muy necesario cambio y al que el régimen se empeña en detener cueste lo que cueste. Quiero omitir los nombres de todos los involucrados por dos razones: la primera es que todos sabemos perfectamente de quién o quiénes se trata, y ya se ha generado un cansancio auditivo respecto a esos nombres, y la segunda es que el punto sobre el que quiero reflexionar no necesita de nombres; de hecho, es justamente eso lo que quiero resaltar: existen principios sociales que se dibujan en diferentes épocas de la historia de la humanidad, que se expresan en las diferentes caras y papeles jugados.

 

Pongámoslo en abstracto, como si fuera álgebra, para mantener la generalidad, aunque aludiendo a nuestro caso particular: A=El régimen, el partido en funciones, el “gobierno” nominal y legalmente hablando, que ostenta ciertamente un poder real y tiene en su poder el uso de las instituciones del Estado. B=Partido y/o partidos “satélites” que en un tiempo remoto representaban idearios contrarios a A, pero que ese antagonismo se ha diluído en una complicidad cada vez más carnal y más obvia, haciéndole el juego, junto con A, a lo que sería: X=El Poder (con mayúsculas, aunque con relativización, porque claro, hay de poderes a poderes): la mafia del poder (no pude evitar la alusión concreta, sepan disculpar), o el poder detrás del trono, para usar un término más viejo. También tenemos a C=Alguien que no pertenece a ninguno de los tres anteriores, y que se propone acabar con el uso faccioso y usurpador del poder, para volver a hacer una realidad el principio de gobernar bajo el consentimiento de los gobernados, el propósito original de la política y el gobierno: el bien común. Sí, esas personas existen. La historia lo muestra claramente, aunque sean gemas raras y con diversos grados de pureza y esplendor. De esa dialéctica entre el verdadero líder moral de un pueblo y el poder que antagoniza con el bien común, quisiera hablar en una segunda parte de esta reflexión, que por ahora solo esbozo, dejando claro que concibo una distinción muy clara de principios en el ejemplo que nos ocupa. Sé de qué lado de la historia quiero encontrarme. Por ahora solo quiero rascarle a esta confusa lucha intestina entre los primeros tres factores.

 

Retomando: antes de ese momento de “ruptura”, el panorama era hasta cierto punto claro. Parecía más que obvio que existía una complicidad disimulada bajo la apariencia del antagonismo partidista: aunque se señalaban con el dedo, la población sentía verlos guiñándose el ojo tras bambalinas, en continuidad con las prácticas ya concretadas en el ejercicio del poder (como en las famosas reformas, que los hermanaron ceremoniosa y armónicamente). Se habló de un “plan B” de la mafia del poder, según el cual, ese ente perverso movía los hilos para impedir a toda costa que alguien al margen de su zona de influencia les arrebatara el poder, y ese fin lo conseguirían mediante la cacareada “alternancia”. Esa es una maniobra que mi generación ya ha visto por lo menos dos veces. Varios repitieron el concepto en columnas y artículos de opinión. Una gran parte de la población, me incluyo en ella, seguía teniendo claro quién era el adversario bicéfalo a vencer. Hasta ahí todo “normal”. De pronto vino el quiebre; una mañana despertamos con la bomba mediática que ya todos conocemos, y se instaló la incertidumbre. Hubo toda clase de reacciones: la perplejidad de los que pensaban votar por el supuesto “menos malo” (o incluso de sus votantes convencidos) y de pronto lo vieron expuesto en los medios masivos como un vil corrupto y lavador de dinero, y sintieron cómo se les rompía el corazoncito, porque se habían convencido de que estaban del lado correcto, que su candidato representaba las “buenas conciencias” de este país, y no podían disimular su decepción. Hubo quienes al principio mostramos la reacción, sí, todo lo visceral que quieran, de alegría, al ver que se destapaba a un fariseo político, a un simulador doble cara al que le habíamos seguido la pista lo suficiente como para saber que su nueva faceta de paladín de la justicia y opositor al régimen corrupto era un papel demasiado alejado a su verdadera naturaleza. El humor cínico se hizo presente… debo confesar que reí. No pretenderé una imparcialidad falsa: ¡a mí sí me dio gusto que la prensa se diera vuelo e hiciera leña del árbol caído! No faltaron las rasgaduras de vestidos de las hienas acostumbradas a hostigar mafiosamente a sus adversarios, haciendo gala de impunidad y con la venia del poder, que de pronto se convirtieron en la víctima del Coliseo al que estaban acostumbrados a asistir desde el palco de honor. Su perplejidad me resultaba cómica y al mismo tiempo lastimosa. De esas veces en las que conviven en el alma un sentimiento airado, un hambre de reivindicación, y una rara compasión; ese sentimiento que no es difícil encontrar en las grandes tragedias ante el infortunio de algún personaje abyecto, y que de hecho casi podría decir que ese es el único lugar natural para encontrar tal fenómeno. Pero ciertamente, si en las tragedias se muestran tales cosas es porque en la vida se dan continuamente. Como decía Schiller, para eso son las tragedias, para mostrar esas contradicciones a la gente común. Mientras más me veía expuesta a los productos mediáticos, más aumentaba mi inquietud. El tablero estaba irreconocible. ¿Realmente estaba ocurriendo lo que parecía ocurrir? ¿Estaba el poder sufriendo una fractura? ¿Era la confrontación un juego, una astucia, una simulación? Varios lo creían así. Después vino un mensaje inesperado y bastante perturbador: el tercero en discordia, el enemigo en común de ambas caras de esa moneda que parece desdoblarse, declaró: “el pleito de A y B es real, no fingido”, y dio muestras de preocupación por el posible resultado impredecible de esa riña mafiosa . ¿Qué pensar entonces ante tanta confusión? ¿Quién mueve los hilos y qué maniobra truculenta se cocina tras las bambalinas de la arena pública?

 

Una pista entre la historia y el drama

 

Henry IV
La historia de Enrique IV
Shakespeare

Hace varios años leí junto con varios amigos y compañeros de militancia la “saga” histórica de Shakespeare conocida como la Henriada, una serie de dramas basados en la historia de la Guerra de las Dos Rosas. Recuerdo perfectamente la perplejidad de todos nosotros al ir conociendo a los personajes en cuestión, perplejidad que me recuerda mucho a la que estaba describiendo arriba sobre los acontecimientos políticos actuales. Conforme se iba desarrollando el drama y nos íbamos familiarizando con los personajes importantes, se iba generando en nosotros un concepto bastante ingenuo al que nos tiene acostumbrados la narrativa contemporánea: el concepto del héroe, el “bueno” de la película. Empezábamos a tomar partido por alguno de los personajes o facciones, y a veces nos animábamos a decir en voz alta nuestras simpatías e hipótesis sobre quién o quienes estaban en lo correcto. No podíamos imaginar que poco a poco cada una de nuestras simpatías se irían haciendo añicos ante comportamientos mezquinos o francamente perversos que nuestros “héroes” empezaban a mostrar, y varias veces “cambiamos de bando” en el transcurso de la lectura. Para la tercera o cuarta obra, hacía ya mucho tiempo que habíamos perdido la esperanza de encontrar un representante digno de nuestros anhelos políticos y nuestras aspiraciones morales. No veíamos más que decadencia en ambas partes: meros bandos, “partidos” en disputa. Reconocer que en Shakespeare es infantil pretender una idea digerida y nítida de “héroe” fue una lección dura de aprender, pero ¡valiosísima! No creo que ninguna idea política me haya resultado más poderosa y más aleccionadora que esa. Creo haber aprendido más de política, historia, psicología y procesos sociales leyendo obras de teatro que leyendo libros académicos. Es bastante incómodo leer a Shakespeare precisamente porque no te hace la tarea: no te exime del proceso de cuestionar a fondo los comportamientos tanto humanos y psicológicos como sociales y políticos; no te regala nada. No te resuelve el enigma, se contenta con presentarte el tablero: un tablero complejo, amorfo, cambiante… pero verdadero, implacablemente elocuente, en el que la verdad se va asomando en momentos de lucidez por boca de sus héroes y de sus peores tiranos, pero principalmente a través de los “locos” -bufones y ebrios- y de las escasas perlas de virtud -casi siempre relativa- de seres sacrificados en las maquinarias del poder.

No recuerdo los detalles de semejante trama, pero recuerdo perfectamente que existían poderes de diversos tipos en una constante tensión dinámica. Estaba el Rey con su poder “absoluto”, absoluto si no fuera por la existencia de esa nobleza “hacedora y derrocadora de reyes”. Nunca podías saber cuándo la balanza se inclinaría de un extremo al otro de ese poder dual. Había fuerzas leales al Rey por convicciones de todo tipo, que por esas mismas convicciones o por intereses se alzaban en revoluciones regicidas. Había “favoritos” casi omnipotentes, manejadores del peligroso poder de un monarca caprichoso, de quien se servían aparentando ser sus servidores, y a quienes ocurría lo mismo que a un amaestrador de fieras que mientras maneja a su favor la fuerza de la bestia, sabe que su vida está siempre al filo de su garra impredecible y su instinto primitivo. Había toda clase de intrigantes y traficantes de favores e influencias, alfiles que se hacían por momentos de gran fuerza a base de traiciones y componendas. En fin, ocurría continuamente el desgarramiento de ese “poder” que a veces es tan difícil definir. Creo firmemente que cuando no son los principios los que guían las acciones de las personas públicas, solo puede existir un único principio en acción: la disgregación. Toda unión, toda cohesión, es efímera y artificial.

“Yo y mi rey”
Enrique VIII y el Cardenal Wolsey
por Sir John Gilbert

Nuestra realidad actual nos presenta más de un ejemplo. Hace unos años, una conocida maestra que había ascendido mucho socialmente, símbolo del ‘poder’ gremial en amasiato con un escalafón más alto de poder, después de gozar las mieles resultantes del “hacer y deshacer reyes” -en este caso presidentes- dio consigo en la cárcel procesada por corrupción después de oponer resistencia a una iniciativa forzosa de su patrón-siervo. En ese caso también recuerdo haber sentido esa sensación ambigua: entre la alegría de que se haga justicia contra un ser corrompido que se benefició a costa del pueblo, y la rabia de saber que esa justicia es facciosa y a modo, represalia por atreverse a contradecir una orden superior. En esa ocasión también se alzaron voces denunciando en ese encarcelamiento aclamado un movimiento político, un ajusticiamiento a un elemento que dejó de ser armonioso en la danza macabra del poder político. Inmediatamente recordé al personaje de Wolsey en La vida del rey Enrique VIII, y si no hubiera sido por la imagen de ese súbdito-patrón, ese todopoderoso Cardenal Protector del Rey, dueño de facto de su Sello Real, que hizo y deshizo con el Reino para después, en un golpe de la “fortuna” y sus múltiples enemigos, caer estrepitosamente del favor real y terminar sus días en una prisión pagando una parte de sus crímenes, y ser reducido por el Rey a ser menos que nadie después de ser casi más que él, nunca hubiera podido entender los sucesos de la vida política de mi tiempo y mi lugar.

 

En la pluma de Shakespeare, Thomas Wolsey, convertido en paradigma de ese principio que hoy presenciamos, exclama:

 

“¡Y adiós, un largo adiós, a toda mi grandeza! Tal es la condición del hombre: hoy despliega las tiernas hojas de la esperanza; mañana florece y lleva en gruesos racimos sus deslumbrantes honores. Al tercer día sobreviene una escarcha, una escarcha asesina, y cuando cree, lleno de confianza, que su grandeza está a punto de madurar, esta escarcha deseca su raíz y cae entonces, como yo. Me he arriesgado por espacio de muchos estíos sobre un mar de gloria; pero he ido más lejos que allí donde podía posar mis pies. Mi orgullo, demasiado henchido de aire, ha reventado en toda su extensión debajo de mí; y ahora me deja, viejo y fatigado por el servicio, a merced de un torrente impetuoso que va a devorarme para siempre. ¡Vaya pompa y gloria de este mundo, os aborrezco! (…) ¡Oh! ¡Qué desdichado es el infeliz que depende del favor de los príncipes! ¡Allí, entre esa sonrisa a que aspiramos, esa mirada acariciadora de los monarcas y la ruina a que nos arroja, hay más zozobras y temores que los que causa la guerra, y cuando el favorito cae, cae como Lucifer, para nunca más esperar!…”

 

Quizá ninguno de mis ejemplos presentes -la maestra y el aprendiz de mafioso- tengan la altura de ese personaje shakespeariano, ni se acercaron nunca a los niveles de poder del consejero de uno de los reyes más poderosos de la historia de Inglaterra. Pero les tocó en suerte el mismo destino: ser descartados y expuestos al -más que justo- escarnio público por haberse convertido en un estorbo.

 

Wolsey entrega los Sellos
por Westall

Que no nos extrañe. Así operan. Es más, quizá en una dimensión más modesta, pero así operamos los seres humanos. La mayoría somos meros peones. Pero como Shakespeare me hizo ver, jugamos más de un papel. Pero en la política las mezquindades se magnifican, las traiciones se entretejen, los bandos se desdibujan y se mimetizan, las facciones mafiosas se decantan y se vuelven a revolver, como una especie de solución bifásica que a veces está nítidamente cohesionada en la oposición y diferencia y a veces está hecha una espuma hidrooleosa. No existen amistades permanentes, sino intereses permanentes. El perro y el gato a veces sí se pelean en serio. A veces el perro termina matando al gato. Pero eso no quita que el perro siga siendo bien perro, y el gato siga siendo un gato.

 

Para decirlo así como más al chile: este fulanito que ahorita está en problemas con la justicia, una justicia mafiosa, selectiva y autocomplaciente, que no se queje. Que se atenga a que ya sabía cuales eran las reglas del juego. Si eres parte de los juegos del poder, si pruebas sus mieles y su protección, si sostienes tus intereses egoístas contra el sagrado principio del bien común con la anuencia de los poderosos, siempre tendrás cola que te pisen, y tan pronto estorbes sus planes, serás desechable. El poder no sabe de lealtad, solo sabe de arreglos. Así que aunque en su desesperada caída proclame proféticamente la ruindad de sus perseguidores, y compare sus pequeñas perversiones con las magnas infamias de sus contrarios y tenga la boca llena de razón, no por eso se salvará del juicio de la historia, ni dejará de decir, como Wolsey:

“¡Oh! ¡Qué desdichado es el infeliz que depende del favor de los príncipes! ¡Allí, entre esa sonrisa a que aspiramos, esa mirada acariciadora de los monarcas y la ruina a que nos arroja, hay más zozobras y temores que los que causa la guerra, y cuando el favorito cae, cae como Lucifer, para nunca más esperar!..”


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Laura Flores P

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