(c) 2017 Laura Flores

Carta a una niña

Una promesa y un augurio

Te miraba jugar cuando un pensamiento me tomó por asalto y se instaló en mi interior. El recuerdo súbito de otros niños que sin ellos quererlo dejaron repentinamente de jugar, me sacó de mi sencilla contemplación e inoculó en mi ser la necesidad de decirte cosas que más valdría no tener que decir jamás. Pero creo que no puede evitarse. Como no pude evitar la zozobra, mientras tú manipulabas unas muñecas y unos ensueños, ajena a mis consideraciones (“…ellos ya no juegan”). Yo te miro jugar y creo que podría intentar defenderte de todo, levantarme en armas contra todo aquello que amenazara tu felicidad. Creo poder asegurar que tu sonrisa y sus motivos tendrán en mí una defensa implacable, incondicional, permanente. Sé que no te puedo proteger de todo, aunque de verdad quisiera. Aquellos niños de los que te hablé… a ellos los envolvieron fuerzas brutas, ciegas, peligrosas. Naturales. A otros, los abrazó una mano helada por culpa de seres ambiguos; seres muy parecidos a nosotros, que no se tocaron el corazón. Sé que el mundo es así, un enigma azaroso lleno de incidencias, y que aun si ningún peligro contingente, por buena fortuna o protección divina, te amenazara, aun así tendrías sobre ti el peso común que a todos nos iguala desde el principio del mundo hasta su incierto ocaso: el tiempo, su paso, su azote, ese río constante e imperturbable que a todos nos va acercando a diferente ritmo hacia esa orilla temida e inoportuna que es la muerte.

De esas cosas graves por fortuna hoy no entiendes. Me estremezco al pensar de qué forma se las arreglará la vida para que ese conocimiento ineludible se plasme en tu alma. Habrás de adquirirlo, no hay duda… pero tampoco hay prisa.

Hoy tu alma nueva no carece de preocupaciones. Ya hace seis años que estás en el mundo, ya lo conoces un poco. No te han faltado dolores. Te has tropezado, enfermado, has fallado mil intentos, ¡has llorado ya tanto! Te has tenido que despedir ya de pequeños amigos emplumados, peludos y encaparazonados, y esas cosas no son divertidas, nada divertidas. De nada de eso te he podido proteger hasta ahora. Y así la lista seguirá y seguirá de todas las cosas feas que quien te ama y daría todo por verte siempre feliz, no podrá hacer nada para evitar. Sin embargo ¡también hay una gran lista de cosas feas que mi espada sí tiene poder para combatir! ¿Quieres que te diga algunas? Prometo solemnemente que si puedo quitar piedras de tu camino, lo haré. Puedo tratar de desviar un golpe destinado a ti. Puedo matar un escorpión ponzoñoso, hacer huir al niño malo que te pega, enseñarte cosas importantes para alejar de tu vida malas amistades y malas decisiones. Puedo comerme yo las verduras que más odias, tomar muy fuerte tu mano al cruzar la calle y asegurarme de que aprendas a hacerlo tú misma en el momento oportuno; te enseñaré a evitar zonas de peligro y a detectar personas malas para que puedas alejarte de ellas. Te enseñaré que no debes pararte detrás de un caballo y que debes permanecer lejos del alcance de su patada. Te alertaré de no acercar demasiado tu mano a los dientes de los roedores ni arrojar piedras a los panales de las abejas. Te enseñaré a salir rápidamente de un edificio al que parece que le están haciendo cosquillas, y a permanecer a flote en las aguas, aunque sean profundas. Cuidaré de ti si los bichos te enferman, es más, te enseñaré cómo hacerle para mantenerlos a raya. Probaré primero las comidas calientes, y si alguien intentara alejarte de mí, primero pierdo mis uñas y mis manos antes que permitir que me seas arrebatada. ¡Lo juro! Todo eso haría, todo eso y más haré. Lo puedes apostar. Es muy normal. Los niños, todos los niños, vienen equipados con una carga muy poderosa, una sustancia misteriosa que hace que nosotros, los que ya estábamos antes y fuimos niños alguna vez, por alguna extraña razón, estemos dispuestos a todas esas cosas. Tienen un hilo mágico atado a nuestro corazón para siempre, de tal forma que las cosas más maravillosas las podamos ver a través de sus ojos y solo a través de ellos. Es un misterio… Una vez que tú existes, aunque antes no existieras, ya nunca puede ser de otra manera. El mundo ya nunca será el mismo.

¿Sabes de qué más prometo protegerte? De todos esos monstruos que a veces descubres debajo de la cama o en la oscuridad de un pasillo al ir al baño, de noche; de las brujas que a veces crees oír, y los duendes y todos esos seres amorfos que tu imaginación fabrica de vez en cuando para atormentarte. Contra eso mis poderes son más que suficientes. Basta que compartas mi cama y como por arte de magia te sentirás segura. Eso me convertirá en tu heroína, y aunque me hace muy feliz serte tan útil, te diré un secreto: no es la gran hazaña. ¡Es tan fácil para mí ahuyentar tus temores nocturnos! Hay otras cosas que requieren más de mí, que también haré, aunque no siempre con agrado. Tú no lo sabes, y durante largos años vivirás sin conocer esta realidad de la que te hablo, y que me hace feliz que aún no entiendas. Cada día, durante toda mi vida, haré algo por ti, para alejar el fantasma de muchos posibles males. Me levantaré de la cama, me pondré en marcha, saldré, te diré adiós por unas horas, tendré ánimo, perseverancia, y por días y tardes, quizá noches, haré algo incomprensible para ti, algo quizá odioso, algo que yo también desearía dejar de hacer. Y aunque tú no lo veas, te estaré defendiendo con esa rutina sin sentido del peor de los fantasmas, uno que hoy no te asusta -¡por suerte!- llamado Carencia.

Y aun hay otras cosas por hacer para defenderte de todos los males posibles, pues aunque nunca sea capaz de regalarte un mundo ideal, lucharé hasta donde me sea posible por hacer de este mundo un mundo mejor, un mundo donde la injusticia no te amenace a cada paso, donde la guerra esté lo más lejos posible de ti, pero no solo de ti, sino de cada niño. Porque hay otros niños, otros como aquellos de los que te hablé, y junto a ellos también había otros como yo, solo que ya no pudieron defenderlos más. Y nosotros, esos otros como yo, esas personas grandes, normales, frágiles, más de lo que quisiéramos reconocer, tendremos que unir fuerzas para entre todos con nuestros brazos hacer una red poderosa que aleje el dolor de sus horizontes. No te puedo esconder del mundo, ni puedo fabricar una esfera mágica que te preserve de sus peligros. Tengo que aceptar eso, aunque me duela poderosamente. Aun así, ¡no olvides mi promesa!

(c) 2017 Laura Flores

Tú seguías jugando. Percibí que pasaron no más que unos instantes mientras yo repasé todas las cosas que me atemorizan, los monstruos escabrosos que rondan nuestra existencia. ¿Dije que me atemorizan? Sí, aunque no lo creas, a nosotros los grandes muchas cosas nos atemorizan. Por fortuna son cosas hoy para ti irrelevantes. Pero aun hay otra cosa, una cosa terrible, pasmosa, que me quita el sueño, una cosa de la cual no te podré defender. Ese pensamiento fulminante me heló la sangre en una repentina revelación indeseada, y creo que no me puedo escapar sin hablarte de ello. Yo puedo soñar con un mundo de paz, un mundo sin hambre, sin injusticias, un mundo de prosperidad. Puedo soñarlo, aunque no puedo mentirte, es un sueño cada vez más remoto. Es un sueño que no es más que un sueño. Pero si por fortuna, por una de esas cosas incomprensibles del azar, o porque por designio divino tu ángel guardián tenga encomendado preservar tus días juveniles del desastre, tal como a mí me fue concedido…; si tú fueras librada, como yo lo he sido sin merecerlo, de muchas de las desdichas del mundo, aun así hay un dolor del cual nada será capaz de preservarte. Ni mis afanes, ni la simple fortuna, ni tu mismo ángel, porque no hay ángel dotado con tal poder. Ese dolor está inserto en la esencia misma de nuestro espíritu, mi niña, y contra él nada puede nuestra naturaleza. Ni Dios mismo, hecho hombre, fue preservado de esa espada, la más poderosa, la más mortífera, la más fatal: la herida del amor. Sufrirás por amor, llorarás y te desgarrarás, y yo no tendré más que ser testigo del peor espectáculo que asalta mi imaginación. ¡Ay, si pudiera librarte de esta profecía! Pero se ha de cumplir inexorablemente, y de solo pensar en su cumplimiento ya me duele por simpatía, por remembranza y por pre-visión, mi propio corazón. Mi pequeña, contra eso nada puedo, no te puedo cuidar de esa espada terrible. Un día te encontrarás unos ojos que te harán ver el mundo como si fuera nuevo. Será como si ese día, y no antes, hubieras nacido. Nada previo a esos ojos tendrá color, ni brillo. Tu sonrisa florecerá como la flor más excelsa, y a través de esa luz que creerás ver surgir de aquellos ojos –funestos- sentirás la vida ir entrando por una rendija en tu corazón. Y esa rendija se ensanchará, y entrará cada vez más de esa luz. Y serás feliz, serás tan feliz que parecerá que lo que te estoy contando en este instante es una buena noticia. No puedo saber los detalles de este augurio. No sé si esas maravillas que trastocarán tu vida hasta convertirla en un éxtasis divino durarán mucho, o solo un instante. ¿La sonrisa será efímera, apenas un esbozo en ese rostro que no puedo vislumbrar y que para ti será el mundo entero? ¿O te confortará durante un tiempo relativamente largo, aunque no pueda escapar de un abrupto e inexorable final? ¿Acaso esa luz estará tan solo en tu imaginación, y estirarás la mano anhelante hacia un objeto inasible, y te llenarás de hambre, de ausencia, de imposibilidad? ¿Te desesperarás como intentando alcanzar el sol, la luna, o la inmortalidad, o el oasis en un desierto engañador e implacable? ¿O tal vez –peor- alcanzarás el objeto, lo asirás, lo amarás, te fundirás en él, y te será arrancado sin piedad?

Así es, mi pequeña y delicada flor: algún día se romperá tu corazón. Un día tu sonrisa cristalina, tu alegría franca, tu mirada confiada, se verán empañadas por una sombra mortal, y mirarás por la ventana, inquieta, buscando respuestas en las estrellas; le preguntarás al aire nocturno, al silencio, y parecerá que la noche es menos oscura que tu interior. Se sucederán las lágrimas como un  rosario de cuentas infinitas -¡ay, si pudiera hacer algo para secar su fuente!-; te tocarás el pecho buscando sentir la fuente del mal, y si pudieras, te sacarías el corazón y lo arrojarías lejos de ti. Cerrarás los ojos, y el sueño benigno y pacificador no vendrá. El aire parecerá plomo, y sentirás que es imposible respirar. ¡Cuantas más cosas terribles te podría anticipar, si no fuera porque es locura acariciar morbosamente con el pensamiento lo que no se puede evitar! Y mientras tú sufres todas esas cosas, a veces calladamente y otras a vista del mundo entero, yo tal vez estaré ahí, en el cuarto contiguo, escuchando tus sollozos sofocada por mi propio llanto, mi llanto incapaz de secar una sola de tus lágrimas. Recordaré aquellos días de antaño, mi propio desgarramiento, y no podré evitar desesperarme al recordar lo amargo de su sabor; y sin importar cuánto lo desee, no te podré cambiar el lugar ni asumir yo la más ínfima parte de tu carga. Otros días estarás aún más sola. Otros días mi propio ángel me protegerá, y, engañándome, me hará dormir plácidamente largas noches, ajena a tus suspiros. No te podré defender de ese ser que así amenaza y destruye tu felicidad. Yo querría, si fuera posible, hacer la guerra contra él para liberar tu alma de su influjo, y si estuviera en mis manos, lo haría desaparecer, lo castigaría con todo mi furor por apagar el brillo de tus pupilas. Pero eso en nada aliviaría tu tormento, y entonces no me quedaría más que perdonarlo y compadecerlo desde el fondo de mi ser. Recordaría que nadie tiene en sí mismo el poder de herir el corazón de un hijo de Dios. Ese poder está reservado a Dios mismo, a su fuego. El objeto de tu amor no será responsable ni culpable de la desgarradura de tu alma. A ese ser también, sin falta, le está reservado sufrir por amor, y no será una venganza por tu corazón herido.

(Mientras tanto tus muñecas se siguen paseando con su vida prestada por tus manos, y viajan tan lejos como mis pensamientos. Perdona por escribirte esta carta llena de digresiones sin sentido. Así somos los adultos la mayoría de las veces. Soñamos más que ustedes, y nuestros pensamientos nos juegan a nosotros. Creo que la carta hoy es más bien para mí misma. Tú la leerás cuando ya no tengas que hacer eso tan importante que ahora mismo estás haciendo, cuando tus muñecas se hayan cansado de jugar, y tú hayas empezado a recorrer las sendas de esta infame profecía. Mientras tanto, ¡no olvides mi modesta promesa!)

Insisto: de nada de esto te puedo proteger. Ni tu ángel. Ni Dios. Él puede hacerlo, pero no lo hará. ¿Por qué? No lo sé, pequeño amor mío. Tu corazón, y el mío, y el de todos, es un misterio para nosotros mismos. El que lo diseñó se guardó el secreto solo para sí, y conserva la llave en su propio corazón. A nosotros no nos dice casi nada. Nos hace aprender así, con ese fuego. ¿Aprender qué? Tampoco sé, lo siento. Tampoco lo entiendo. Pero así es. Creo que algún día nos va a explicar, estoy segura. Nos abrazará fuerte, nos apretará contra su corazón, y aquellas cosas hermosas que nos dejó ver tantito, ese tantito que se hizo nuestro todo, y que después nos fue ocultado, despojado, arrebatado, rompiéndonos de muerte, nos será devuelto mil veces más, y no cabremos de felicidad, porque todos los dolores serán sanados, y entonces no volveremos a llorar nunca más. Te lo prometo. Pero antes, mi niña, tendrás que pasar por todo esto, quizá –y esto me cala hasta los huesos- más de una vez.

 

A Elena

A mis amigos y a sus hijos pequeños

A los niños que ya no juegan. A los que ya les cumplió Dios esas promesas, y ya no volverán a llorar más


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Laura Flores P

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