Dedicada a los niños que se preguntan

porqué todos somos iguales

1.

Antes de cumplir los siete años Helen no se sentía muy diferente de su perezosa perra Belle o de un pedazo de corcho. ¿Te has preguntado qué te hace semejante a tus parientes y a tus amigos? ¿A los niños más pobres o más ricos que tú? ¿A los niños que viven en países lejanos, que no hablan tu idioma y que no tienen tu color de piel? ¿Por qué tú no te sientes de la misma especie que tu mascota o que un pedazo de corcho como se sentía Helen? Ella lo descubrió de una forma muy especial.

Quizás seas un miembro del club de los que le temen a la oscuridad, de los que escuchan ruidos extraños en la noche cuando la luz ya se apagó y odian meterse en un armario para jugar a las escondidas. ¿Te puedes imaginar hacer de la oscuridad tu mejor amiga? Quizás te será más difícil aún imaginarte que obedeces un voto de silencio como los monjes budistas. En el mundo de los niños el silencio no es, digamos, nuestro juego favorito. Sin embargo, algunos niños han vivido desde casi siempre en el país del silencio y la oscuridad. Este era el mundo de la niña Helen Keller.

Podrá parecerte un disparate lo que voy a decirte, pero Helen parecía una niña muy afortunada. Ella nació en un pueblo llamado Tuscumbia, al sur de los Estados Unidos a finales del siglo XIX. Era la zona más atrasada de ese país donde las costumbres eran la servidumbre de los negros a los blancos y que las mujeres no iban a la escuela; sin embargo, Helen gobernaba sobre todos los integrantes de su propiedad, grandes o chicos, negros o blancos, niñas o niños y hasta sobre capitanes como su papá. Desde los casi dos años en que perdió la vista y el oído, se convirtió en una pequeña tirana a base de señas, rabietas y golpes. No ceder a sus caprichos podía ser trágico para el que se atreviera. Los niños le temían y sus papás calmaban sus explosiones de enojo con un puñado de dulces.

Todo mundo le temía a Helen, pero ¿a qué le temía Helen? Por supuesto que no era a la oscuridad, ni nadie podría asustarla con el Coco. ¿Pero porqué Helen se enojaba tanto? No sé si has notado que cuando te molestas te sientes asustado e incapaz de hacer algunas cosas. ¿De qué se sentía incapaz Helen? ¡Claro! Ella no tenía ni vista ni oído, pero tampoco tenía algo más: ¡un leguaje para comunicarse!

Helen notaba que cuando su madre y sus amigas se comunicaban no lo hacían con gestos como ella y movían de una forma muy rara los labios. Ella se colocaba entre las personas que conversaban y les tocaba los labios. También los imitaba sin comprender cuál tendría que ser el resultado, lloraba y terminaba con un ataque de furia. Las explosiones de enojo fueron cada vez más frecuentes porque Helen no comprendía y tampoco sabía cómo hacer que la comprendieran.

Helen tampoco sabía que todo tiene un nombre y mucho menos que nosotros, los seres humanos, pensamos y sentimos “cosas” que no se pueden tocar o ver como el amor o las ideas del bien, del mal, de la amistad, de Dios, etcétera.

Una mañana, cuando Helen se dio cuenta que algo que llamamos “llave” sirve para cerrar algo que llamamos “puerta”, encerró a su madre en la despensa de la cocina, y mientras las señora Keller golpeaba la puerta, ella reía muy divertida. Sus padres estaban muy preocupados y no sabían qué hacer, pues en Tuscumbia no había escuelas para ciegos y sordos.  Es más, los parientes y conocidos de Helen no tenían mucho entusiasmo en que pudiera aprender algo. Pero sus padres visitaron a los mejores especialistas en los ojos y los oídos hasta que conocieron al doctor Alexander Graham Bell, ¡Sí! ¡El famoso inventor del teléfono!

El doctor Graham Bell también era famoso por su amoroso trabajo para mejorar la vida de los sordos y los ciegos y le recomendó al Capitán Keller escribir al Instituto Perkins para los Ciegos para solicitar una maestra para su hija.

3.

Cuando Helen tenía seis años se encontró al pie de la puerta de su casa a la maestra Ana Sullivan, que venía de Boston, una ciudad del norte muy lejana tanto en la distancia como en las costumbres de Tuscumbia. Helen piensa que fue el momento en que comenzó a vivir de verdad. ¿Qué le daría la maestra Ana que llevaría luz a su oscuridad?

Lo primero para la señorita Ana Sullivan era saber quién era Helen. Se había encontrado con una niña rubia, muy grande y fuerte, que sonreía poco, que era inteligente, pero “que le faltaba movilidad, o alma, o algo así”, decía de forma  rara.

A la maestra Ana le decepcionó saber que los señores Keller solo esperaban que solo le enseñara lecciones de buen comportamiento a Helen y nada más. ¡No se dan cuenta que también tiene una mente!, les reprochaba.

  • ¡Si Helen descubre esa “mente” tendrá un poder que la haga igual a cualquiera de nosotros!- decía la maestra Ana con alegre confianza.

Cuando Ana y Helen se conocieron, la maestra le entregó una muñeca a la niñita que le enviaban de regalo los niños ciegos del Instituto Perkins. Al instante, la maestra deletreó en la palma de la mano de Helen, muy despacito, la palabra m-u-ñ-e-c-a. Luego le quitó la muñeca y le animó a que repitiera la palabra. Después de una batalla campal Helen la imitó muy bien, aunque su único deseo era obtener la muñeca. La maestra Ana también se dio cuenta de que Helen era muy golosa, así que le dio un pastelillo y deletreo en la palma de Helen la palabra p-a-s-t-e-l para intentar seguir el mismo método. ¡Helen tenía que descubrir que cada cosa tiene un nombre y cada nombre tiene una cosa!

El lenguaje que la maestra Ana usaba para Helen no era el alfabeto común que tú conoces, sino un alfabeto manual especial para los niños sordos, que toda su familia tendría que aprender para comunicarse con la pequeña. Quizás tú has visto cómo las personas sordas usan señales extrañas que hacen con sus manos para decir algo como una palabra o letra. ¡Ese era el nuevo lenguaje para Helen!

Pero la maestra Ana Sullivan sabía que lo primero que tendría que conquistar de Helen era lo que todo maestro busca en un niño que va a enseñar: disciplina y un poco de cariño. Ya te imaginarás las batallas campales que se desataron para empezar a educar a la pequeña que hacía lo que quería sin obstáculos. Un día la maestra Ana logró que Helen comiera en su plato y doblara su servilleta, ¡algo muy fácil para ti, pero muy difícil para Helen!

Helen aprendía muchas palabras, pero aún no descubría que estaba aprendiendo un lenguaje y que las palabras tenían un significado. Por ejemplo, no sabía qué era a-g-u-a, si el líquido que bebía o el vaso en el que estaba la bebida refrescante.

Su descubrimiento llegó un día, después de una sesión de berrinches. La maestra Ana paseaba con Helen para tranquilizarla, y en el camino encontraron una bomba para sacar agua de un pozo. La maestra colocó la mano de Helen en el despachador de la bomba donde el agua caía y le escribió la palabra a-g-u-a. Fue como un estallido de juegos pirotécnicos en la cabeza de Helen. ¡Cómo si hubieras resuelto el misterio de un truco de magia por ti mismo!

Ese día feliz Helen aprendió las palabras “madre”, “padre” y “maestra”. Ahora sabía que todo tiene un nombre.

4.

Cuando Helen entró al mundo del lenguaje, también descubrió algo más que palabras un día que le obsequió flores a la señorita Ana Sullivan:

– Amo a Helen- le dijo la maestra.

-¿Qué es amar?-

-Está en mi corazón-

-¿Está en el perfume de las flores?-

-¡No!-

-¿En el calor del sol?

-No, ¡piensa!

¡Vaya! Además, ¿qué era pensar? La ocurrencia llegó una tarde de ensartar cuentas para un collar y Helen no entendía la secuencia, “grande, chica, chica, chica, grande, chica, grande…” Se hacía bolas. Cuando la maestra Ana le explicaba su error le deletreo con mucha calma la palabra p-i-e-n-s-a “¡Claro! ¡Pensar es el procedimiento que a veces me da dolores de cabeza!”, comprendió Helen.

Supo entonces que tanto el pensamiento como el amor eran similares a dos cosas que se sienten, pero que están en algún lugar que no se puede tocar. El mundo del lenguaje la llevó al camino para conocer el mundo de las ideas y la imaginación. Helen iba conociendo las partes de alguna cosa y su mente las unía como si fueran las cuentas de un collar ensartadas en un delicado hilo. Si quería saber cómo era la casa de alguien, intentaba tocarlo casi todo y su imaginación haría el trabajo para tener la idea total de la casa. ¡El mundo existía aunque no hubiera formas, colores ni sonidos!

Te preguntarás ¿cómo podría comprender Helen, digamos, qué es una línea recta? Ella pensaba que la línea recta es como la idea del deber. –Como cuando tienes que cumplir con algo con lo que no puedes ir ni a la izquierda ni a la derecha y te tienes que ir derechito-, escribió cuando era adulta.

El mundo del lenguaje le abrió las puertas a Helen hacia nuevas emociones distintas al hambre, la sed, el frío y los caprichos del momento como las emociones que sientes cuando tienes un amigo o cuando recibes un regalo de alguien muy especial.

5.

Si piensas que eso sería todo para Helen, te sorprenderá el siguiente reto que le dio su maestra: ¡aprender a leer y escribir! Para lograr esto, fueron muy útiles las palabras con letras de realce sobre cartón y la escritura para ciegos llamada Braille, que son como puntitos que representan letras y se van grabando sobre una hoja. Helen podría saber entonces qué dicen los libros del mundo en el que vivimos. Sus deditos se volvieron sus ojos, su ventana hacia nuevas experiencias para la imaginación.

Cierta tarde en la biblioteca se puso pálida como una flor blanca y le dijo a su maestra:

-¡Estuve en Atenas!-

-Pero Helen, ¡estás en la biblioteca!-

-Señorita Sullivan, la mente es tan basta como el universo. La imaginación trabaja y puede viajar a donde quiera sin que necesite llevar mi cuerpo-

Nada hubiera sido posible para Helen sin ese trabajador silencioso llamado imaginación. ¿Qué sería de uno sin la imaginación?

Todo fue más difícil para esa niñita, pero no le importó subir a la Colina de la Dificultad para conquistar la aritmética, la geometría, la gramática, el alemán, el griego, la literatura y muchas otras enseñanzas.

Aunque se volvió muy famosa, no creas que la gente dejó de hacer diferencias que la ponían triste. Cuando Helen se volvió escritora, se quejaba de los editores de libros que solo le pedían que escribiera sus anécdotas de vida como cuando se sentía un pedazo de corcho sin que le dieran la oportunidad de expresar lo que pensaba sobre la educación de los niños o “sobre los asuntos del universo”, ¡ella también quería dar su opinión como cualquier otro escritor!

Nadie mejor que Helen comprendió porqué somos iguales. Nuestras experiencias del mundo son muy distintas a las de otros como Helen, pero la mente y la imaginación son parte de todos, de ti, de mí y de Helen.

 


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Blanca Pérez

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