Recordando a un amigo

¡Hola, amigos de Amistad y Arte! En esta ocasión me gustaría compartir con ustedes un recuerdo, un homenaje a una persona que marcó mi vida en esas dos cosas que nosotros compartimos y que significan tanto para nosotros: la amistad y el arte. Hoy, 29 de mayo de 2017, es su cumpleaños, y me parece un buen día para contar su historia.

Conocí a Cuauhtémoc cuando yo tenía 13 años y me acababa de inscribir al Conservatorio de música. Algún tiempo después, nos hicimos grandes amigos. Compartíamos el amor por la música, pero no el talento. En eso él me superaba a todas luces. En realidad era de conocimiento público que él era el más dotado de todos los alumnos, y todos le auguraban un gran futuro en la música. Yo lo quería y admiraba como a nadie. A esa edad tan temprana se suele ser muy efusivo y muy abierto con los propios sentimientos. Yo me aseguraba de que él supiera cuánto lo apreciaba; no estaba tranquila si no le escribía una carta, o si no le decía con mi propia boca cuánto lo quería. Él, por su parte, me quería igual que yo a él, pero su temperamento ensimismado y su pasión por la música, que lo mantenía ocupado, le impedía ser tan efusivo como yo. Muchas veces se deshacía en disculpas por no haber respondido a una carta, un detalle, o algún tiempo que yo me había tomado para dedicárselo a él y hacerlo sentir que nuestra amistad era importante para mí.

Siguiendo su camino, se fue a estudiar a México, la capital. Yo le escribía cartas a menudo, contándole de mi vida y preguntándole sobre la suya. Durante muchos meses, la respuesta de tales cartas nunca llegó. 

En una ocasión, una amiga en común fue a la ciudad donde vivía Cuauhtémoc, y al regresar puso una carta de él en mis manos. Casi sin poderlo creer, leí la carta con alegría. Sus palabras estaban llenas de cariño. Me contaba sobre su lucha de todos los días, viviendo lejos de su hogar y de su familia por amor a su ideal. Me contaba cómo trabajaba mucho para poder subsistir, y mientras leía sus disculpas por no haberme contestado, se iban disolviendo los reproches que yo le reservaba por no acordarse de mí. Con su carta en la mano, llegué a la conclusión de que simplemente, él no tenía tanto tiempo como yo. Y le creía. Le creía cuando decía quererme tanto como yo a él. En sus visitas sosteníamos largas charlas, y cuando se iba nos despedíamos con pesar. Eran buenos tiempos.

Cuando él volvió, transcurrido algún tiempo, comenzamos a acostumbrarnos a estar en la misma ciudad. Ya no era necesario escribirle, pues ahí estaba el teléfono, sin embargo, lo usábamos poco. Él se llenó de trabajo, y cada vez tenía menos tiempo, aunque cuando llegábamos a coincidir en algún lugar, aún teníamos suficiente de que hablar, de que reír. Aún estábamos ahí para apoyarnos.

Cuando yo tenía 17 años, enfermé y viví la crisis más dolorosa de mi vida. Abandoné la escuela, perdí mi independencia, mi seguridad; no era más que la sombra de mí misma. Y en medio de la soledad y la desesperación, mil veces lo necesité y no estuvo a mi lado. Muchas veces me quedé aguardando a que sonara el teléfono, o esperando que mi cuenta de correo electrónico anunciara un nuevo mensaje, y no sucedió. Nunca me visitó. 

Solo recuerdo, en todo ese tiempo, un par de llamadas suyas, en las que, sin embargo, sus palabras me ayudaban a creer, a luchar, a entender que nunca nada es suficientemente malo como para hacernos perder la esperanza. Intentaba convencerme de que llegarían días mejores. A veces le creí, a veces no.

Él también tenía problemas, pero siempre los afrontaba con una entereza que yo no tenía, y que a veces me hacía pensar que sus problemas no eran tan grandes como los míos. Pero por lo menos oír su voz era suficiente para hacerme sentir mejor. Él solía decirme que sólo podemos ayudarnos a nosotros mismos, nadie más.

Cerca del 14 febrero comencé a sentirme mejor, y le envié por internet una tarjeta con motivo del día de San Valentín (en México no es solo el día de los enamorados, sino que se celebra también la amistad) en la que le decía que él era mi mejor amigo. Varios días revisé el correo sin encontrar respuesta. Cuando se disculpó y dijo sus motivos, le creí, siempre le creía. Varias veces le llamé por teléfono, y no devolvió las llamadas. Yo opté por no llamarle más. Estaba recelosa por su abandono.

Un día platiqué sobre eso con otro de mis amigos, quien me dio a entender que tal vez aquel no era verdaderamente mi amigo. Yo le contesté: “tal vez tienes razón”. No había realmente por que creer que Cuauhtémoc era mi mejor amigo. ¿Sólo porque se alegraba cuando nos veíamos, porque me abrazaba y se interesaba por mí y por mis asuntos, pero sólo cuando le daba la gana? ¿No era verdad que muchas veces estuve llorando sola viendo a las estrellas y él no estuvo ahí? Era verdad. Tal vez no éramos tan amigos. No se acordaba de mis cumpleaños, no le importaba San Valentín, ni Navidad, ni mandaba correos a menudo. Un día le dije a mi madre: “cuando Cuauhtémoc vivía en otra ciudad, ninguno de los dos tenía correo electrónico, ni teléfono. Ahora los dos tenemos ambas cosas y vivimos en la misma ciudad, y antes estábamos más cerca”.

La siguiente vez que lo vi, en un concierto, ambos nos alegramos, pero yo guardaba cierto recelo y corté pronto la plática, escabulléndome. Al día siguiente recibí una llamada suya. Se mostró extrañado por la forma como me había perdido el día anterior, y no le pude ocultar mis motivos. Se disculpó de nuevo y me contó que él también había tenido problemas. Estaba demasiado ocupado con el trabajo y la escuela. Agobiado por la falta de dinero, por las obligaciones con su familia. Su mamá estaba enferma. Tenía que estudiar mucho porque aspiraba a una beca. Era realmente bueno con la viola, con el piano, componiendo música. Trabajaba en una ciudad vecina acompañando un coro de niños rescatados de las calles. Irían próximamente a Italia porque el trabajo de ese coro era de verdad notable. Escuchándole hablar, me sentí egoísta por pensar solo en mis asuntos. Él me dijo: “No, tú has sido siempre muy buena amiga”.

Dos meses después recaí, y un día en que me sentía particularmente mal, recibí una llamada telefónica. Una voz me dijo que había habido un accidente. Mi amigo iba en ese carro. En ese carro que había sido reducido a chatarra.

De un golpe mil cosas pasaron por mi cabeza. Como esa última vez que lo vi, que me alejé de él. Como las veces que iba a levantar la bocina del teléfono, y no lo hice por orgullo.

Algunas semanas después, fui a dar a una fiesta a la que me dejé arrastrar, aun en contra de mí misma, por mis amigos más cercanos. Cuando una sonrisa fortuita, aislada, heroica, salió de mis labios, una amiga puso su mano sobre mi hombro, y dijo: “Es así como Cuauhtémoc hubiera querido verte. No sabes cuántas veces hablamos de ti, cuántas veces me confesó que daría lo que fuera por verte bien, por saber que le sonreías nuevamente a la vida. Su corazón se afligía hasta el extremo, y su mente buscaba y buscaba la manera de ayudarte”. En esas palabras encontré la fuerza para remontar el vuelo. Creí darme cuenta de que a mí se me estaba concediendo lo que a él se le había negado. Recordé el momento exacto en el que él descendía a la tierra y yo estaba ahí, parada, convencida de que hubiera sido mejor intercambiar lugares. Él, lleno de vitalidad, de motivación, de proyectos, arrancado así de la vida… y yo, muerta en vida, deseando estar en su lugar. Poco tiempo después de su muerte, Dios me concedió el milagro de la recuperación de la salud de mi cuerpo y mi alma. 

Lo que escuché esa noche en la fiesta resonó mucho tiempo en mi cabeza. No todos amamos de la misma forma. No todos usamos el mismo lenguaje. Pero el corazón no engaña, y cuando leo en la vida de quien pasó por mi vida expandiéndola, enriqueciéndola, llenándola más de luz que de palabras, entiendo que no pudo haberme querido de mejor forma. Cuando pasó el tiempo, y la vida me había sonreído de nuevo, escuché con emoción una orquesta que tocaba una composición suya. Al sentir su presencia, aún más fuerte que cuando estaba conmigo, entendí que aquel era su lenguaje; que el tiempo que me negó a mí lo usó para dejar una herencia a cuantos lo conocimos, y no sólo a nosotros, sino a todo aquel que tenga la dicha de escuchar cuanto hizo con el poco tiempo que le fue concedido.

Si yo hubiera sabido que era corto el tiempo, no me habría importado no recibir. Hubiera dado más de mí misma, le hubiera escrito más cartas, le habría abrazado más. Si yo hubiera sabido que sería aquella la última vez que lo veía, le hubiera demostrado mil veces más todo mi cariño. Si yo hubiera sabido… pero no sabía. Y cuando no sabemos, medimos, guardamos, pesamos el afecto. Porque nadie quiere no ser amado, nadie está dispuesto a dejar de lado tan fácilmente el deseo de reciprocidad, de sentir que eres alguien para alguien. La muerte nos despoja brutalmente del ego, que es un artificio del instinto de supervivencia emocional. La muerte nos deja claro que lo importante era el amor en sí mismo, y no la direccionalidad.

Hoy, cuando pienso en él, no pienso en el cariño que él no me dio, sino en todo el cariño que a mí me faltó darle. Esas palabras, esos abrazos con los que me quedé por orgullo, y que si yo hubiera sabido que era corto el tiempo, le habría dado. 

Cuauhtémoc y yo

Cuauhtémoc murió el 29 de mayo del 2002 a la edad de 19 años. Por eso les decía que hoy es su cumpleaños, el día en que pasó a la vida definitiva. Materialmente, dejó solo unas cuantas composiciones. No se le permitió desarrollar más su talento. Pero su vida, su alma, viven en los que lo conocimos. Su nobleza y su humanidad, su alegría, sus ganas de vivir, 15 años después siguen imborrables en mi alma. Esta fue mi despedida hace 15 largos años, y hoy, amigo mío, te lo vuelvo a decir:

Alma libre, por mí no te detengas
Mira sólo a Dios y a la eternidad
Que en la finitud del espacio en que me dejas
La vida es agonía, la muerte despertar.

Tú ya no puedes dudar de lo grande de mi amor
Al ir a donde jamás ha de ponerse el sol.
Deja, pues, que en mis labios muera la sonrisa
Y una lágrima inerte nuble mi mirar.

Deja que me una al llanto de la luna,
el aire, las estrellas;
Por lo que el cruel destino quiso realizar:
Por esa rosa blanca cortada en primavera,
Por los ojos que ha cerrado en pleno despertar.

Pero tú, mira lo infinito y remonta el vuelo,
Mira con tus ojos la luz de la verdad.
Deja tras de ti el espacio y el tiempo
Y con ellos deja mi alma y mi dolor.
Son duras mis cadenas, pero no quiero que sufras
la misma cárcel que sufro yo.

Alma libre, por mí no te detengas
Mira sólo a Dios y a la eternidad.
Que en la finitud del espacio en que me dejas
La vida es agonía, la muerte despertar.

Laura Flores Patiño
Para Cuauhtémoc con todo mi cariño

(9 de octubre del 2002)


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Laura Flores P

Comentar

  1. Mary Carmen 5 junio, 2017 at 12:18 am - Reply

    Ya me habías platicado sobre él… Verdad que si hay amigos y son para toda la vida … Y cómo solía decir y pensar no todos podemos amar de la misma manera como quisiéramos o que nos amaran cómo nosotros quisiéramos… Lo que si se! Y por experiencia… Perdí a mis 3 hermanos y a mi amado Papá… Y sé con certeza que “el hubiera nunca existirá” por eso en vida … En el momento decir las cosas, corregir y aceptar … Siempre con fraternidad… El hubiera ya no aplica… (Lo digo en mi caso) yo pude haber hecho mucho… Hubiera evitado la muerte de mi hermano… creó que ya todo estaba escrito o no lo sé! Pero a veces por orgullo, soberbia, falta de humildad no hacemos en vida lo que tenemos que hacer… Gracias por participarnos, de esta hermosa y gran AMISTAD…. En cierta forma me uno a tu sentimiento… Hoy regresando del hospital… Uno de mis mejores amigos ha fallecido…en segundos… Y creo que, ya no hay fuerzas para seguir… mí Issac murió.. teníamos una cita de amigos en este mes… Creo que a veces ….el tiempo se equivoca … El tenía tanto por hacer …tenia salud! Talentos… Amor, cuanto desearía que el estuviera y yo cambiar … Los papeles… Finalmente..el hubiera ya no existe… Y por prisas tenia una noticia que darle… Descansa con Dios Isaac Torres! Te amaré amigo toda mi vida

  2. erssy oliva 3 junio, 2017 at 5:23 pm - Reply

    Gracias por compartir tu historia cada dia descubro la sensibilidad que tienes para escribir y transmitir lo que sientes, Un gran abrazo,

  3. Lu 1 junio, 2017 at 8:39 pm - Reply

    Gracias por compartir este ejemplo de amistad. Últimamente he estado reflexionando sobre el valor de la amistad y lo que a veces cuesta desprenderse de uno mismo para dar a otro y estar siempre ahí, y también sobre el dolor e impotencia cuando ves mal a tu amigo y quieres ayudar pero no sabes cómo. Confieso que últimamente no me ha sido facil hacer nuevas amistades, entre la banalidad del mundo y mi dificultad para ir más allá de las barreras que a veces usamos para protegernos. Creo que amistades de verdad como la tuya con Cuauhtémoc son un verdadero tesoro. Gracias por recordarme lo bello de la amistad!

  4. Rosina 1 junio, 2017 at 8:43 am - Reply

    Laura me hiciste llorar.

    Las ironías de la vida nos acercan más al misterio del amor.

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