El caminante del valle rocoso

Wan Caza sand dunes in the Sahara Desert region of Fezzan. Luca Galuzzi - www.galuzzi.it
Luca Galuzzi – www.galuzzi.it

Esto sucedió hace mucho tiempo, cuando la región de Sardinet, al oeste de la zona rocosa de Efram (a unos 300 estadios de la costa de arenas rojas del mar de Cal Sab) era asolada por una cruenta sequía que había dejado toda aquella región convertida en un páramo desolado: oleadas del más cruel calor se extendían como una masa desecante sobre los parajes ocres de tierras cuarteadas, y densas nubes de arena cubrían todo a su paso como un ejército amarillento de langostas provenientes de los cuatro puntos cardinales.

La llanura escabrosa se extendía a lo largo de toda la extensión de la vista, y salvo en lo accidentado del paraje, en nada tropezaba el ojo cuando por sobre una cumbre rocosa divisaba el páramo teñido siempre de tintes rojizos y terracotas, difusos sus contornos por las polvaredas, y parpadeantes sus horizontes por el calor abrumador que evaporaba al instante todo rastro de humedad; allí, donde un día, antaño, época hubo en que los manantiales brotaban de la tierra, fecundándola, y altísimas palmeras cargadas de dátiles circundaban las lagunas; los pastos cubrían como alfombras de oriente grandes extensiones de terreno, y en los restantes lucía la tierra sembrada de múltiples árboles frutales: papayas y granadas, olivas y vides, melocotones y moras de todos tipos.

Sucedió, pues, que a Sardinet llegó, proveniente de la lejana región de los Moradores, un peregrino de ojos cristalinos y pies descalzos que caminaba junto al viento del Norte, sin que turbante alguno cubriera su cabeza y le protegiera del inclemente sol de medio día. Por vestido llevaba un manto del mismo color que las dunas; sin cinto, ni sandalias, ni alforja, ni cayado, ni ánfora con una sola gota de agua, la cual abundaba en la región de los Moradores, de donde el forastero provenía. A su paso, los habitantes de aquel paraje desolado le seguían con la mirada de sus ojos curtidos, dejando sus trabajos fatigosos ante la vista de quien se atrevía a recorrer con la descalcez de sus pies el territorio de la desolación, y andar con sencillez, mirando al horizonte con los ojos diáfanos, sin crisparlos heridos por la quemante luz del sol, reflejada por la arena.

Venía el peregrino dejando un rastro de huellas en la arena desde el país de Moradar, cosa nada extraña en un país de tierra pisada tanto tiempo por pies extranjeros. Pero los sardinenses fijaron sus ojos con extremo interés en las huellas que el fuereño dejaba a su paso, por la única razón de que estas lucían en la tierra árida como pequeños depósitos de agua con la forma de los pies del caminante, que parecían humedecer la tierra como si fuesen concentradas gotas de rocío, el cual se había extinguido de la terregosa superficie de Efram hacía ya mucho tiempo.

El peregrino era un hombre delgado, y era su piel del color del corcho, pero acentuado por los rayos del sol. La lozanía de su piel la hacía diferente de la de los lugareños, curtida y ceniza, aunque el tono era casi el mismo. Sus ojos eran límpidos como los manantiales de los Moradores, y de las regiones altas de atrás de la montaña de Metnhek, y no enrojecidos y ahumados por sol, polvaredas, fatiga y tristeza. Con ojos de desesperación contemplaban el paso del caminante los sardinenses, quienes, curiosamente, araban con afán la tierra que sabían estéril, y lo hacían con laboriosidad tan excesiva, que sus ingenuos golpes de pico parecían demostrar el triste significado real de la esperanza (para algunos, el último y mayor de los males).

Un hombre, el más alto, severo, de ojos más pesados, destacóse entre la multitud sardinense, aquella turba que miraba al forastero con ojos de curiosidad y asombro, que lo observaba con un coraje contenido y disfrazado, con expectación infantil. Distinguióse, pues, el hombre, en que con ojos de indiferencia, de incredulidad, seguía de aquel los pasos. Con el implacable escepticismo de quien lo ha visto todo y ha entendido que todo es igual siempre; que al final de todos los ciclos, nada cambia. Dibujaba el hombre signos desconocidos sobre un gran bloque de piedra caliza color terracota, con una cuña de piedra rígida y angulosa.

De pronto un anciano avanzó por entre la multitud, y se dirigió hacia el sendero de huellas húmedas que el caminante había dejado marcadas, como pequeñas lagunas, en el terregoso suelo de Efram, y escrutó por breves instantes los depósitos de agua, que no habían sufrido la evaporación que el ardiente sol solía ejercer sin piedad sobre ese suelo seco, que ávido bebía implacable toda humedad, ante la mirada desolada de los mortales.

El anciano, que tenía en la faz marcada la amargura, suavizó por instantes el adusto rictus de su rostro, al tiempo que la humedad que contemplaba humedeció sus ojos abiertos, estáticos, y los fue inundando con el doloroso destilar del alma. Se miró las manos temblorosas, las palmas amarillas. Su reflejo en el agua le endureció el ceño, y detuvo en seco el crecimiento del río que se gestaba en sus ojos. Su labio se crispó y su mirada se volvió dura. Su brazo descarnado se elevó, y un guijarro partió el aire silbando, con la furia que hacía rechinar los dientes del anciano. El caminante siguió impasible su camino, sin sentir otra cosa que el viento que la piedra movió, agitando su cabello.

Cuando los sardinenses vieron esto, se abalanzaron todos con piedras que lanzaron al caminante una tras otra, y el griterío de la turba no llegó a los oídos de aquel sino como el rugido del viento del desierto, que suena y se siente como se sienten las tribulaciones en un espíritu sereno, que aprende hasta de la furia de los elementos y de la mano poderosa del Altísimo. Cayeron una a una al suelo las piedras elevadas por los habitantes, haciendo ruidos sordos en las arenas y levantando el polvo que fue a dar en los lagrimales de aquellos desolados.

El anciano, al ver aquello, acercó sus sedientos labios al depósito de agua que el caminante dejó sobre la arena, y bebió con desesperación un trago de esa agua clara, la cual devolvió vida a sus células, y depositó una capa de humedad en sus pupilas enrojecidas y secas.

Mas al verse otra vez reflejado en el agua, sustrajo sus labios recién humedecidos al contacto del líquido que le había confortado, y tras haber bebido del agua fruto de aquel hombre que caminaba desde el país de Moradar con la serenidad luciéndole en la mirada -aquel hombre de pasos firmes cuya espalda se veía aún a la distancia, erguido e imperturbable-, el anciano alzó otra vez su mano, y, reuniendo todas sus fuerzas, su puño descargó con saña una gran roca ovalada color gris oscuro, y la vio elevarse a gran distancia sobre su cabeza, en dirección al caminante.

Pero en lugar de alcanzar su objetivo, le vio impactarse con gran fuerza sobre un terrón en la orilla de una cumbre de tierra endurecida por lluvias de antaño, pisada y comprimida por los pies de los lugareños en sus fatigosos trabajos jornada tras jornada, y por cuyo costado pasaba un camino transitado por todo aquel sardinense que, cargando pieles, vasijas, o aun algunos metales de poco valor, se dirigía a Ker, un poblado vecino, unos 70 estadios al oeste, rumbo a la costa de Cal Sab, y que era el único comercio posible entre Sardinet y el resto de las poblaciones de Efram.

La roca lanzada por el anciano, al impactarse en la frágil pared de la montaña de tierra, desprendió un gran bloque de adobe que fue a dar, en medio de un gran estrépito, sobre el camino hacia Ker, por donde una hilera de comerciantes transitaba penosamente. El derrumbe obstruyó el paso por completo, al tiempo que les dejaba a todos sumergidos en una densa nube de polvo que se esparció por el valle, penetrando en los ojos de toda aquella concurrencia, en sus oídos, en sus bocas, en sus pulmones, y dejándoles postrados y envueltos en tos. De su penosa situación, así agravada, culparon, no al autor de la avería, sino al forastero y a sus pasos.

Herido por la polvareda, el anciano se abalanzó al pequeño lago de una de las huellas, el cual, esta vez, al contacto de sus labios, se secó al punto. El lapidario irguió su cabeza y clavó en el distante horizonte su mirada vacía, con el sabor de la arena sucia vibrando en su lengua, ardiendo en sus labios, raspando con sus gránulos vidriosos su garganta.

♠♠♠

Entonces habló el hombre adusto de los ojos pesados, el que dibujaba con una cuña sobre la roca signos desconocidos. Habló en el lenguaje de Rebh, el lenguaje reservado a los que han visto y vivido mucho, y han buscado mucho, sin pretender haberlo encontrado todo. Y, como si leyera lo escrito en la roca, dijo así:

“Hace mucho tiempo, donde se extiende hoy la extensa región rocosa de Efram, en las llanuras que desembocan en la costa de Cal Sab, había una región de tierras fecundas bañadas por cuatro ríos que nacían y avanzaban desde los cuatro puntos cardinales. El cruce entre estos ríos estaba en la región que corresponde a lo que hoy conocemos como Sardinet, antes de su ruina. Se llamaba en ese tiempo Sabiah, y el más hermoso vergel se alzaba en esa región de tierras fecundas, en que los racimos colgaban de las parras hasta hacerlas doblar, rebosantes de uvas. Las cerezas adornaban los árboles, y a los arbustos, toda clase de moras silvestres.

Era ese un lugar perfecto para vivir. Pero a los hombres les gusta el sufrimiento y la aridez. Se han acostumbrado a herir, tanto como a que los hieran; a destruir, casi tanto como a esperar su propia destrucción. Por eso, durante mucho tiempo, nadie vino a Sabiah a establecer su morada.

Sucedió entonces que un extranjero venido desde las lejanas montañas de Riundahd, atravesó la llanura de los cuatro ríos, y edificó en la tierra de Sabiah su casa. Llevaba en los pies sandalias de cuero rígido, y en la cabeza portaba un grueso turbante de lino de Haekerb. De su cinto colgaba una daga plateada grabada de arabescos, en cuya empuñadura lucían grabados signos del Imperio Mundana. Llevaba en la mano un telescopio, y en la alforja los más precisos instrumentos de medición. Llevaba también un grueso volumen de papiro en que se hallaba contenido todo el saber de su siglo. Le acompañaba un esclavo ignorante y descarnado, que llevaba en las manos un pico y una pala, y cuyos ojos permanecían cerrados casi por completo. Vestía un sencillo manto de algodón, sucio y gastado. Sus espaldas no ocultaban las señales del látigo y del peso de la carga.

La casa de aquel Señor de Riundahd debía ser construida en el mejor punto del valle de Sabiah, y para erigirla había de servirse de todas las artes y ciencias humanas, así como del trabajo más rudimentario de las manos de los hombres. El extranjero nada preguntó al valle de Sabiah, ni abrió sus ojos a la verdad que latía entre los ríos y las palmeras cargadas de dátiles, según el designio del Gran Orden.

Armas tenía en sus manos que bien hubieran podido abrir, como sutiles llaves, los secretos eternos del cosmos, y el extranjero consultó los astros, consultó a la Luna, mas se atuvo al consejo de su propio egoísmo, y edificó, pero no construyó. Destruyó, y alteró el orden de las cosas, con lo que vino a menos el esplendor del valle de Sabiah. El esclavo, por su parte, hundía la pala sin discernimiento, sólo guiado por la obediencia insana tributada a su amo. No bebía del agua de los ríos, ni aprovechaba fruto alguno de cuantos había en abundancia, porque sus ojos cegados no le mostraban la belleza de cuanto había por fuera de sus percepciones, de su informe concepción del mundo y de sí mismo.

La entrada del extranjero al valle de los cuatro ríos fue sólo la primera señal de la caída y destrucción de Sabiah, en la que la ignominia había llegado a posar su planta lasciva, bajo la forma de todos los vicios y las necedades de los hombres. Vinieron las guerras y se ensució la tierra con la sangre de las criaturas, por cuanto retuvo sus frutos y negó toda suerte de vida, acarreando la ruina y desolación de lo que con los muchos años que han transcurrido vino a convertirse en el páramo rocoso de Efram. Muchos, muchos años, la tierra seca vino amontonándose sobre la de cultivo, antes fecunda. Por años y años trajo el desierto oleadas de arenas, y el viento desatado las agitó convulso. ¡Cuántos secretos guardará la tierra, cuántos pecados se esconderán bajo el pesado vientre de las dunas!

Huyó el caminante del país de Riundahd, confundido y exiliado por el gran peso de un mundo al que veía caer a pedazos sobre su frente culpable de Inconsciencia. Porque quien no conoce la perfección, se ocupa en destruirla. Quien ignora la sabiduría se solaza en la insensatez, y en ella encontrará también su ruina. Es ese el más triste acto de justicia, el más crudo testimonio de la balanza inexorable que pesa nuestras vidas.

 

De todo esto hay testimonio en la Roca de Rehb, donde las generaciones han impreso la historia del esplendor y la gloria de Sabiah, y también la de su ruina, la cual persiste hasta estos días. Pero un día ha de escribirse en la misma roca la historia del resurgimiento de Sabiah. Un caminante vendrá desde un país lejano, trayendo consigo la prosperidad. Habrá caminado por todos los caminos y aprendido los secretos que se aprenden con la vara y no con el libro. Habrá conocido el fango y las ciénagas; conocidos tendrá los desiertos, y habrá vivido entre toda clase de espinas y zarzales. Se habrá solazado en sus errores, y habrá luego por los mismos conocido el sufrimiento. Porque sólo en el desierto se llega a la añoranza de los manantiales”.

♠♠♠

El hombre separó su vista de los signos de la roca, y fijó sus ojos en la silueta del caminante de Moradar, que se alejaba por el horizonte. Muchos extranjeros había visto llegar el hombre a Sardinet, los cuales sembraban la tierra sin conseguir más fruto que su cansancio, ni más humedad que el sudor que corría por sus frentes. Era esa la razón por la que el guardián de la roca había dejado hacía mucho tiempo de esperar el resurgir del valle de Sabiah.

Los ojos del guardián volvieron a cruzarse con el caminante cuando recién rayó el alba del segundo día. Le
había visto el guardián en sueños, arando con afán la tierra. Vio que de los surcos brotaban tiernos tallos cuyas pequeñas hojas se convertían con rapidez en profusas enramadas. Vio a la tierra floja recibir el maíz con sencillez, y hacerle brotar con presteza, concediéndole pronto el color dorado de la espiga.

 

Abrió el guardián los ojos, y vio primero el valle lleno de sus colores habituales. La tierra llana reflejando los primeros tintes del sol del amanecer sobre la superficie vidriosa de las dunas. Vio después frente a sí, callado, al caminante. Sus ojos se fijaban en los del guardián, recién abiertos y asombrados. Le miraba con calidez austera, y sonreía. Su tranquilo respirar parecía el sosiego del que no se ha fatigado nunca. Sus ojos graves e inocentes reflejaban la tranquilidad de los de aquel que no conoce culpas. Su boca serena era la de quien nunca ha hablado aberraciones, ni envenenado con mentiras.

El guardián vio en el pecho del caminante una señal que su manto dejaba al descubierto. Era una señal grabada con el hierro. Era, sí, una marca inequívoca de esclavitud, pero no reconoció el blasón, ni al amo. Posó luego sus ojos en un anillo que llevaba el caminante en uno de sus dedos, un anillo notable, inquietante, cuyos caracteres resonaron en su mente como si no fuese aquella la primera vez que los contemplaba. El guardián de la roca se estremeció al reconocer en el anillo la insignia de la antigua fortaleza de Riundahd. Dio la vuelta el caminante y se dirigió con paso firme hacia las regiones bajas del valle rocoso de Efram. Cuando se volvió de espaldas, pudo el guardián ver asomarse las marcas de viejas heridas causadas por el látigo y la afrenta.

Dejó el caminante su rastro de huellas húmedas, y de los depósitos de agua vio el guardián surgir pequeñas plantas verdes que germinaban bajo las primeras luces del alba. Tomó el guardián una cuña, y empezó a escribir sobre la roca.

Laura Flores Patiño


¿Te fue útil este artículo?:

2 votes, 5 avg. rating

Comparte:

Laura Flores P

Comentar

  1. Alberto Barreto Arias 13 mayo, 2017 at 12:27 pm - Reply

    Laura tu texto es sobrecogedor e intenso; no pude volver a respirar sino hasta que termine el tercer párrafo y después a pausas fui recuperando el ritmo “inalación-exalación hasta el final de la lectura de este cuento corto.
    De repente me sentí atrapado en una atmosfera antiguotestamentaria en aquellas desoladas arenas del desierto de la tierra del Madian; transportado al Antiguo Testamento experimente las sensaciones de aquella caravana del criado de Abraham cuya misión era regresar a la tierra de Caldea para encontrarle esposa a Isaac el hijo de la bendición.
    El peregrino de ojos cristalinos me recordó mi andar por el desierto de Cuatro Cienegas, con los ojos extraviados por más de ocho horas por la simple omisión de no haber registrado las coordenadas del punto de partida cuando nos introducirmos al desierto. El forastero que todos somos desde el punto mismo en que emergemos del seno mismo de nuestra madre.
    El peregrino al final de cuentas es el personaje principal pero los moradores de esas tierras de Sardint no dejan de intrigarme al contemplar su rostro en el espejo de agua que dejan las huellas del caminante. No sé si la furia de verse reflejados en toda su amargura es lo que desate en ellos la violencia más inaudita en contra del personaje.
    El caminante no deja de recordarme al Señor Jesucristo quien viene a calmar nuestra sed con el agua viva que emana de su ser: “…el que toma de esta agua nunca más volverá a tener sed.”
    Sabiah, antes de su ruina, me recuerda al paraíso perdido; Sardinet es la tierra desordenada y vacía después de la rebelión de Satan; la tierra del “…ganaras el pan con el sudor de tu frente”
    El nombre Riundahd me recuerda el infierno el destino del enemigo de nuestras almas.
    El Caminante del valle rocoso pasa por la tierra de Sardinet y todos lo rechazan; todos lo rechazamos, todos lo lapidamos con nuestros pecados y me siento responsable de las palabras del Profeta Isaias:

    53:1 ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? 
    53:2 Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, más sin atractivo para que le deseemos. 
    53:3 Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. 
    53:4 Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. 
    53:5 Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.

    Laura, gracias por este texto; lo disfrute pero me estremeció al grado de la reflexión sobre la importancia del agua para la tierra y la Palabra de Jesucristo para el espíritu del hombre.

    Me gusto el final esperanzador porque a su paso, el Caminante, dejo sus huellas saturadas de agua; la hierba empezó a brotar, la vida germino en la tierra fecundada por el agua acumulada tras el paso del Caminante.

    Saludos cordiales: Alberto Barreto Arias

  2. Ingrid 30 abril, 2017 at 4:21 am - Reply

    Me gusta como el estilo descriptivo del texto, lo que ayuda a que uno se imagine el lugar inexistente. No sé si es inspirado en ” El Señor de los anillos”. En estilo me recuerda a Pedro Páramo. Me falta saber más sobre la personalidad de los personajes, sus espectativas, deseos, intenciones. Su psicología. Creo que eso hubiera dado más tensión a la historia. Pero admiro el valor y la disciplina que se require para la escritura. Me falta volver a leerlo para entender más la intención de la historia y de la autora. Por cierto, saludos a la autora.

    • Laura Flores P 6 mayo, 2017 at 12:40 am Reply

      Hola Ingrid! Gracias por el saludo, te mando uno de vuelta. Mira, como lo dice el subtítulo, se trata de una alegoría. Pienso publicar en mi siguiente entrada un comentario al respecto de la alegoría y sus características, y también sobre la alusión a El Señor de los Anillos, pero respondiendo a tu comentario sobre la personalidad de los personajes, de la que efectivamente de lee muy a poco, el asunto es que por lo general en una alegoría los personajes son más símbolos que personajes. Espero tu relectura y tus nuevos comentarios. Saludos!

Deja un comentario