De la virtud

Mi encuentro con Benjamin Franklin y José Guadalupe Briano

… o t’ispiri il Signore un concento che ne infonda al patire virtù (Va, pensiero, G. Verdi)

Los que hemos aceptado a Cristo siempre tenemos el dilema de cuestionarnos si vivimos en Cristo o solo hablamos de dientes para afuera. Acercarnos cada vez más al ideal de la vida cristiana es a lo que llamo virtud. Este tema vuelve a surgir en mi sentir debido a dos experiencias recientes en mi vida, la una placentera y otra muy dolorosa, la primera sobre mi reencuentro con la autobiografía de Benjamin Franklin; y la segunda, mi duelo por la muerte de mi querido maestro, el profesor de bel canto, José Guadalupe Briano.

Lo que más me conmovió en el velorio de nuestro maestro fueron las reiteradas palabras de reconocimiento de su virtuosismo en “el sacrificio de todo por la belleza”, expresado en su vocación por compartir esa belleza y enseñar a descubrirla a cada alma que educó en el bel canto. De ahí la enorme congregación en su despedida de los que fuimos sus alumnos durante décadas con destacadas expresiones de amor y respeto.

No he querido escribir una suerte de semblanza sobre el maestro Briano, porque no son mi estilo las semblanzas y porque considero que mis reflexiones sobre este rasgo de carácter en su vida pueden ilustrar mejor al lector algo que para mí es pilar de su personalidad.

Al igual que en el caso de Franklin, ambas personalidades nos marcan pauta, en su vida y obra, para entender algo más acerca de la virtud. La obra de Franklin tal pudiera parecer un anecdotario, pero no solo nos muestra cómo edificó su obra, sino cuál era su carácter y porqué aprender de él.

Algo que me hizo sentir mejor en mi frustración por no ser la persona virtuosa y perfecta que pretendo ser, en función de mi ideal, fue saber que Benjamin también se enfrentó al mismo dilema. El pretendía saber cómo ser “bueno” y actuar en consecuencia, como si solo fuera obra de la voluntad personal, pero se dio cuenta que este deseo requería de un poco más de esfuerzo y ayuda.

Para estos tiempos, e incluso para los de Benjamin, es muy valiente cómo reconoce que sin Dios no le fue posible sostenerse en la virtud, y aunque tiene varios pasajes donde lo comparte “Y porque concebía a Dios como la fuente de la Sabiduría creí justo y necesario solicitar su ayuda para obtenerla…”, he aquí la plegaria que escribió para recordarla cada día por muchos años de su vida:

“¡Oh poderosa Bondad! ¡Bellísimo Padre! ¡Guía misericordioso! Aumenta en mí esta sabiduría que descubre mi más verdadero interés. Fortalece mis resoluciones para ejecutar lo que esta sabiduría me dicta. Acepta mis generosos sacrificios para con tus otros hijos como la única manera que tengo de pagar los favores que me otorgas.”

Y de nuevo viene a mi mente el maestro Briano, quien entrego a otros hijos por generaciones los dones que el Señor le dio.

Sin embargo, vuelvo al punto de la ingenuidad con la que a veces concebimos la obtención de la virtud. Benjamin reconoce lo fundamental de la ayuda suprema, pero también encuentra otro elemento esencial que cuando lo dice parece tan obvio, pero que, como en la geometría, en el mundo cotidiano no es nada obvio. Me refiero a descubrir el mejor método de llegar a la meta, y ese esfuerzo de “sistematizar” la forma de acercarse a la virtud sí es personal y requiere de trabajo y disciplina. Aquí hago un paréntesis para compartir algo sobre la disciplina, ya que para el pedagogo alemán, Herbart, la ausencia de disciplina es simple y sencillamente una falla moral, algo que ahora cobra más sentido a la luz de esta reflexión.

Cuando Benjamin hizo el ejercicio de nombrar las virtudes que deseaba alcanzar, al examinarse, se dio cuenta que era una tarea más difícil de lo que creía, que simplemente saber lo que era bueno y malo, y procurarse lo primero y evitarse lo segundo. Se fijaba en un mal hábito para repararlo y se sorprendía cometiendo otro. Hay una parte en su biografía muy divertida en la que describe todo un proyecto que ideó para conquistar cada “virtud” en algo que nombró un curso de 13 semanas (una virtud por semana), bien diseñado, que pretendió llevar a la formación de una secta que llamaría “La Sociedad del Libre y del Feliz”, que nunca llegó a fundar. Sin embargo, del proyecto obtuvo grandes frutos:

“A la temperanza atribuye su larga y prolongada salud y lo que aún le queda de su buena constitución; al trabajo y a la frugalidad la temprana suerte, la adquisición de su fortuna y el conocimiento que le llevaron a ganar una reputación entre los hombres instruidos; a la sinceridad y a la justicia, la confianza de su país y los empleos honorables que él le confirió; y al conjunto de todas esas virtudes… la uniformidad de su carácter y esa jovialidad en la conversación que aún buscan sus compañeros y complace todavía a la nueva generación.”

Lo que sí pudo hacer Benjamin, una vez que fundó su publicación periodística Almanaque el pobre Ricardo, que llegó a vender cerca de 10 mil ejemplares, fue compartir una colección de proverbios orientados a la virtud que ponía en todos los espacios sobrantes del periódico. Su objetivo era la gente común que no tenía recursos para comprar libros, pero tuvieron tal impacto que muchos ejemplares llegaron a Europa, se tradujeron al francés, se coleccionaban y se enmarcaban en casas, fueron de uso de clérigos y hasta se les atribuyó la prosperidad de Pensilvania, lugar de residencia del destacado estadista y científico.

La enseñanza de Franklin y Briano es que la virtud se comparte, por eso está asociada al amor y a la belleza, y se conquista, por eso requiere trabajo, disciplina y sacrificio.

La necesidad de un método es igual en el arte. Briano nos mostró que esa construcción “del sacrificio de todo por la belleza”, no es romántico, es un camino arduo de trabajo, de asumir caídas, de autoconocimiento, de frustración, de amor (paciencia y confianza maestro-alumno) y de alegría por las pequeñas conquistas que, una vez dominadas, no se pueden dejar de compartir a otros. Briano nunca le dijo a nadie que no podía, pero siempre nos exhorto a la constancia y al estudio, algo que a muchos nos costó mucho trabajo comprender en nuestra indisciplina y falta de determinación.

Creo que Dios encuentra sus caminos en cada ser humano para acercarnos a la virtud, pero he llegado a la conclusión que virtud no es virtud sin humildad, amor y sacrificio. Gracias Benjamin Franklin y gracias José Guadalupe Briano y que la luz perpetua los ilumine.

“Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta.” (Flp 4, 8).

Blanca Estela Pérez García


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Blanca Pérez

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