fragmento retrato de Beethoven

Apuntes sobre la importancia del músico ante la sociedad

Queridos amigos: Aprovechando la renovada inquietud que varios de ustedes han mostrado últimamente por este “oficio” tan particular, me atrevo a resucitar unas reflexiones de mis tiempos de estudiante de música, hace algunos ayeres. Este texto fue escrito originalmente para el periódico mural de mi escuela. Espero que sirva para detonar una buena charla al respecto.

“Un músico no es sólo un artesano. Recrear la realidad por medio del sonido y a través del tiempo, esa es su misión. No se trata solamente de adquirir habilidades, propias de un oficio, para luego entretener a un público cualquiera.

El papel del músico en la sociedad ha evolucionado del de siervo al de artista. De ser simple ejecutante, cuya dignidad apenas supera a la del cómico, el músico ha llegado a tener sobre sus hombros la responsabilidad nada menos que del futuro de la civilización.

En los grandes momentos de avance de la civilización, que ocurren generalmente como consecuencia de una crisis, revolución o período de decadencia, ha correspondido al artista la tarea de reformular, plantear, personificar y sintetizar los nuevos supuestos que han de ostentarse como válidos en el nuevo y naciente orden; refleja en sí mismo y en sus aspiraciones e ideales, todo aquello a lo que la humanidad ha arribado, las bases en que funda la idea que (como sociedad o como individuo) tiene de sí misma.

El artista se constituye entonces en denuncia y reflejo de la sociedad y de sus vicios. Hijo de su tiempo, personifica la realidad de cada ser humano, sus aspiraciones y metas, su más pobre y ruda ideología y sus ideales más puros; en otras palabras, la mediocridad o trascendencia con que mide sus actos. Es pues, el artista, por medio de su obra, quien registra la herencia ideológica de avance o retroceso de su época, que constituirá en un futuro el legado de una generación para las posteriores.

Pero no acaba ahí la misión del artista: músico, poeta, pintor o escultor, arquitecto, novelista, dramaturgo o actor; todos ellos en su paso tanto por la vida personal como por la historia del mundo, no han de limitarse a señalar, a dejar testimonio del grado de civilización –o barbarie– a que ha llegado el hombre de su tiempo; tiene, por el contrario, la encomienda de sembrar en la generalidad de los seres humanos nuevas esperanzas para la creación de un nuevo, mejor y más noble porvenir; inyectar en el ánimo de las personas nuevas ilusiones, siendo estas el camino único para combatir la miseria, el empobrecimiento aplastante de espíritu, el automatismo y enajenación que padece el ser humano en nuestro tiempo, condición que ha venido arrastrando desde hace un par de siglos, y a la que hemos visto empeorar brutalmente desde hace algunas décadas, avanzando a pasos cada vez más dramáticos.

Esta concepción ennoblecedora del artista, a quien se percibe como testigo de su tiempo, señalador y denunciante de errores y vicios, de sistemas mediocres o destinados al fracaso, de filosofías falsas o ruines, de ideologías inmorales o superfluas, de jerarquías de valores irracionales, alienados o fútiles, en fin, de cuantas erratas se imprimen cada día en las páginas interminables de la historia, así como también la concepción del artista como profeta anunciador de nuevas y más verdaderas bases ideológicas, concepciones de vida visionarias que la humanidad del nuevo orden percibirá y aceptará como pautas de vida y pensamiento; estas concepciones, pues, no nacieron a la par que el ejercicio del arte, de la misma forma en que el papel del músico en la sociedad ha sufrido la transformación del sitio que tenía como simple siervo en sociedades anteriores, al lugar privilegiado que adquirió en más recientes tiempos, que le ha llegado a situar incluso junto a príncipes y hombres de Estado, quienes le han tenido junto a sí como consejero, protegido, conversador erudito o emisario. Esta inserción del músico en la noble estirpe del llamado “artista”, es esa evolución a que hemos hecho referencia al inicio de estas reflexiones.

Beethoven y Goethe ante un príncipe
Beethoven y Goethe ante un príncipe. Beethoven conserva su sombrero, porque no cree que un príncipe valga más que un artista

Sin embargo no siempre -o casi nunca-, regresando al artista en general, ha sido éste consciente del papel que desempeña en el seno de la sociedad, ni de cómo ésta se sirve de él como más fiel historiador de los sucesos que aquel que los relata objetivamente con la pluma. La individualidad del genio tiene un impacto en su entorno (tanto en su época como en las que han de venir), al mismo tiempo que la sociedad y sus fenómenos determinan al sujeto, y condicionan su forma de concebir su propia individualidad, así como su forma de pensar y sus costumbres. Sin embargo la sociedad no determina ni condiciona el resultado de ese choque entre artista y sociedad, en el que la voluntad del individuo con capacidad creadora es lo que hace posible la trascendencia.

De ésta interacción entre entorno y creación individual es rara vez consciente el artista. Incluso podría afirmarse que una reflexión de ese tipo sería un obstáculo para la libre y espontánea expresión individual, que terminará por ser, inocente como ha sido engendrada, el reflejo de las condiciones en que fue concebida. El arte es producto, de tal forma que crear pretendiendo prever el alcance del impacto que pudiera en un momento dado tener una obra, sería tanto como querer escribir la misión que se le ha encomendado a un ser humano que aún no ha venido al mundo. De la misma manera que un niño que apenas ha nacido, una obra de arte en gestación o recién creada no alcanza sino a mostrar imperfectísimamente lo que puede alcanzar a ver cumplido en sí misma en un futuro lejano.

“Músicos, poetas y pintores, son esencia igual en formas distintas: es su tarea traer a la tierra las armonías que vagan en el espacio de los cielos, y las concepciones impalpables que se agitan en los espacios del espíritu”                                                                                                                                                                                                                                                                  José Martí

José Martí
José Martí

La esencia del artista, siguiendo la línea de Martí, es la misma en sus distintas facetas o disciplinas. Es en la distinta forma de cumplimiento de esa esencia en lo que se distingue una clara diferencia entre la música (junto o a excepción del teatro) y el resto de las artes, siendo la música y el teatro las dos únicas modalidades artísticas en las que se desarrolla la interpretación o la re-creación como un aspecto independiente de la creación, siendo la interpretación un aspecto que requiere de un grado muy elevado de desarrollo, de tal forma que se genera todo un ministerio, un modo de vida, toda una disciplina en torno a este modo de ser del fenómeno creador: el artista-intérprete. Más aun, es posible separar, de entre las modalidades artísticas interpretativas, como son la música y el teatro, a la primera, en la que la cualidad subjetiva de los sonidos hace necesaria la existencia de un código, un lenguaje diferente al de la palabra, entidad común a todos los seres humanos, de la que se valen el resto de las artes temporales (poesía y drama). He ahí la razón de que sea la música la única de todas las artes que precisa de un intermediario que convierta en un fenómeno perceptible la realidad abstracta del lenguaje musical.

En cuanto arte temporal, la música alberga la posibilidad de representar la realidad desde distintos planos, toda vez que el trabajo del compositor no está terminado, y la obra que fue creada en un momento dado bajo circunstancias precisas, se recrea continuamente, a la luz de nuevas experiencias dictadas por momentos y circunstancias nuevas.

En el caso de las artes espaciales, como la pintura, no sucede así. El pintor, una vez que da a luz su obra, él ya hizo su trabajo. Ahora quien se encargará de mantener con vida esa obra será el espectador y no el pintor. La labor creadora ha terminado. Sin embargo, aunque la pintura será siempre igual, no puede verse dos veces la misma pintura con los mismos ojos. La labor recreadora recae en el espectador, sin intermediario alguno.

Con la música es distinto.  El compositor se da del todo a sí mismo, vierte en su obra la totalidad de su ser, y sin embargo ese todo será tan sólo una parte de la totalidad. La otra parte la crea el intérprete, y aun el espectador participa y recrea, dando origen al conjunto dinámico de tres almas –o planos-  latiendo al mismo tiempo.

Es aquí donde radica la importancia del músico: esa alma encargada de dar nueva vida a los sueños e ilusiones de otro ser humano que, como él, plasmó su esencia toda en esa tarea nunca terminada, que revive su paso por la vida y le da el carácter de inmortal.

Ése es un músico, y ésta su tarea: sacar a un alma humana del olvido y de la nada y proyectarla hacia la eternidad”.


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Laura Flores P

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