Imagen de la película Un día vi 10000 mil elefantes de Alex Gimerá

Cine: “Un día vi 10.000 elefantes” de Alex Guimerá

por Lucía Álvarez Esporta

Nos adentramos en la inmensa ciudad plagada de autopistas y edificaciones. Acercándonos cada vez más, nos internarnos en una agitada calle española, cuyo murmullo de gente no puede acallar la voz de Angono Mba, quien en su hogar nos relata la historia de aquella vez que vio 10.000 elefantes.

Entre 1944 y 1946, el cineasta Manuel Hernández San Juan –o Massa SanJuan como lo llama nuestro relator– emprendió un viaje a la Guinea Española. La motivación pública de él era documentar la vida de la colonia y sus costumbres, pero en realidad escondía un deseo, que si no gritaba a viva voz era porque sabría que no sería comprendido.

Le confió su verdadero deseo a Angono: él quería encontrar el lago del que la antigua leyenda africana hablaba, aquel en el que se podían ver reunidos, no cien ni dos mil, sino 10.000 elefantes.

Sobra preguntar cómo distinguir una cantidad tan redonda de animales inmensos, como cualquier otra pregunta literal que se pueda formular, porque en realidad la película, estructurada en este enigma, nos para en la frontera de creer o reventar. Antes de verlas aparecer, Angono atiende a las desconfianzas que su relato puede generar. “Dicen que la memoria es creativa”. Él lo sabe y como dos sustancias que no se mezclan, también sabe que vio 10.000 elefantes.

La película realizada en su mayoría a través de la técnica de animación stop-motion, maneja niveles intensos de poesía. Cada diálogo es belleza y en los momentos fuertes, contiene. Un guion emocionante.

Un día vi 10.000 elefantes 3 A Angono los recuerdos lo mantienen vivo, le exigen volver a recordar y a través de eso revivir su juventud. Tiene la necesidad de contar y sin embargo atravesó la contradicción de no saber escribir. Urgía escribir una carta, pero con palabras no iba a poder ser. Un replanteo del lenguaje que es pura poesía. Cómo decir sin palabras.

Antes de que llegaran los españoles ellos no necesitaban aprender a escribir, ni tenían razones para enviarse cartas, esos problemas llegan con la civilización que encasillándolos en salvajes les enseña las buenas formas. El sentimiento de sentirse excluido de la civilización, con el resueno de que en el fondo son parte de una civilización, inclinada hacia abajo en la balanza del poder.

Angono se bautizó, pero su nombre no era un verdadero nombre católico. Decidió llamarse Manuel, sin saber que luego conocería a Manuel Hernández San Juan. A pesar de su bautismo a él nunca nadie lo llamó Manuel. La identidad persiste a pesar de la colonización y las instituciones.

Los árboles obstruyen carreteras. Los blancos necesitan carreteras. Los negros talan árboles. Los blancos ya tienen carreteras. Los negros nunca las necesitaron. El recuerdo de una esclavitud maquillada. La superioridad racial en el aire.

Los blancos se excusan argumentando que todo lo que es negro es malvado. Y Angono sentencia: “Como si el color de la piel de un hombre se pudiera comparar con una simple sombra en la tierra…La colonización fue un parto, un parto doloroso.”

Y en esta postal de civilización y barbarie, están los 10.000 elefantes. Angono no sabe si su Massa logró verlos. Quizás la civilización le anuló esa percepción, no sabemos.

Lo que si sabemos, es que navegando en un camino ancho y largo, que luego se vuelve más estrecho, al llegar a las montañas Angono los vio. 10.000 elefantes juntos.

Por Lucía Álvarez Esporta

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Equipo de Amistad y Arte

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